Martha Franco

“¡Hay fuego en el 23!”

Y si la cosa decae, Martha la prende candela otra vez. Los amigos de antaño la recordarán en medio de la pista de baile o con un güiro en las manos. Sus compañeras de la Corporación la describen como una mujer loca, alegre y recochera. Ella explica que aunque no siempre esté contenta, no le gusta verlas a ellas tristes o apagadas, entonces busca las palabras para reavivarlas.

En realidad, Martha siempre ha sido buena encontrando la combinación correcta entre sílabas. Es una de esas cosas que toma años descubrir, pero que no es nueva. Más joven componía canciones y escribía versos. Ahora redacta objetivos, títulos, preguntas.

Nombra con claridad lo que ocurre: que luego de la cárcel eres persona no grata; que hay un riesgo alto de que quien te tiende la mano y te da trabajo, luego te explote; que se vive a la derivaA merced de la corriente o el viento. Y el cuerpo y el corazón se cansan de la incertidumbre, del esfuerzo diario, de que uno saliendo de la cárcel piensa que va a estar mejor y no siempre es así.

Cuando un rostro borroso le devuelve la mirada al verse al espejo en la mañana, ella sabe que no será un buen día. No podrá dar lo mejor de sí y se recluye en el refugio de su soledad. Hay otros días en que, en cambio, amanece nítida, con los contornos definidos y la mente lúcida. Es cuando sus ideas son rápidas y resplandecen.

Habla – en plural – del sueño común que es Mujeres Libres. Y del sueño suyo, individual, de un día tener una fundación que ayude a animales abandonados. Restarle sufrimiento al mundo, es lo que esta mujer parece desear. Entonces, ¿cómo conseguir recursos para la Corporación? ¿Cómo hacer para que sus integrantes estén bien y así puedan, realmente, abocarse a trabajar por el bienestar de otras?

Llevamos un poquito, dice; estamos en la lucha, dice. Y al escucharla una no puede más que creer que lo lograrán, que lo están logrando.

Estamos en la lucha.

Relato creado por Ana María Cerón Cáceres