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Cuando Cambia la Palabra, Cambia la Mirada



Una posición sobre el lenguaje, la dignidad y el cambio de narrativas en torno a las mujeres que están o hemos vivido la prisión.


Por: Claudia Alejandra Cardona

        Directora Corporación Mujeres Libres


 

Nombrarnos no es un detalle,

es un acto político, un gesto de dignidad y una forma de libertad.


Este documento nace como una reflexión necesaria y urgente sobre el poder que tienen las palabras y sobre cómo pueden herir, encerrar o liberar. Surge de nuestras voces y experiencias, de mujeres que hemos vivido la prisión y que reclamamos el derecho a ser nombradas con dignidad, a romper las narrativas que nos reducen al castigo, y a construir un lenguaje que acompañe en lugar de excluir, que abra caminos en lugar de levantar muros.


Aquí hablamos de cómo el lenguaje puede convertirse en una prolongación del encierro, pero también en una herramienta para reconstruirnos, resistir y transformar nuestras vidas. Nos detenemos en las etiquetas que se nos imponen, proponemos formas más humanas de nombrar nuestras historias y recordamos que cambiar la palabra es cambiar la mirada, la nuestra y la de la sociedad.


Este texto es, además, un llamado ético y político a reconocer que la manera en que se nombra a las mujeres que hemos pasado por la prisión influye en nuestras oportunidades, en los vínculos y en los futuros posibles. Ser nombradas desde la dignidad es, para nosotras, una forma de libertad.  Hoy queremos comenzar por aquí, por el poder de la palabra. Porque desde ahí comienza también todo lo demás…



El poder de la palabra

La palabra es una de las herramientas más poderosas que tenemos como seres humanos. Con ella creamos vínculos, damos forma a lo que pensamos, nombramos lo que nos rodea y nos damos a conocer. Las palabras pueden acompañar o destruir, acercar o aislar. No son simples sonidos ni letras sueltas, cargan sentido, memoria, emociones y poder. Basta una sola frase para marcar una vida, abrir una oportunidad o dejar una herida que cuesta sanar.


Usar la palabra es una responsabilidad enorme. Lo que decimos, y la forma como lo decimos, influye en nuestras relaciones, en la manera en que se organiza la sociedad y en cómo se tejen nuestras propias historias. Con las palabras podemos sembrar respeto, ternura y justicia, o también repetir violencias, imponer silencios y sostener desigualdades. Elegirlas con conciencia es, en el fondo, elegir el tipo de mundo que queremos ayudar a construir.


Cada palabra que usamos lleva un peso propio, puede abrir una puerta, o dejarla cerrada para siempre. Puede curar o herir, puede abrir caminos o cerrarlos. La palabra puede ser un abrazo o una condena, un puente o una barrera. Con la palabra, podemos reconocer la humanidad de alguien, o negarla. Las palabras nunca son neutras, cargan historias, prejuicios, emociones y tienen la fuerza para transformar la manera en que miramos y tratamos a quienes nos rodean.


Hablar no es simplemente emitir sonidos. Es nombrar lo que existe, darle forma al mundo. Con las palabras construimos realidades, entrelazamos relaciones, dejamos huella. Lo que se nombra existe; lo que no se nombra se vuelve invisible. Y lo que se nombra mal, se tergiversa. Por eso defender la palabra es también defender la dignidad. Es cuidar el lenguaje como se cuida un territorio sagrado. Porque cuando una palabra se dice, ya no se puede deshacer. Y cuando esa palabra nace desde la verdad, el respeto y el amor, puede quedarse para siempre en el corazón de quien la escucha.


Las palabras tienen el poder de cambiar vidas. Nosotras lo sabemos. Lo hemos vivido, lo hemos sentido, cuando alguien nos ha escuchado de verdad. Cuando nos dijeron “te creo”, “te acompaño”, “eres importante”, “tu historia importa”. Por eso creemos en su poder. Creemos en su fuerza para transformar, pero también sabemos el daño que pueden causar cuando se usan sin cuidado, sin escucha, sin verdad.


También lo sabemos porque muchas veces nos llamaron con palabras que no elegimos, con etiquetas que no nos representan, con términos duros que intentaron reducirnos a un error o a un número. Por eso hemos decidido nombrarnos desde otro lugar, con nuestras propias voces. Elegimos usar la palabra para reconstruirnos, para resistir, para mirarnos nuevamente desde la dignidad.

 

La palabra toma cuerpo

Y desde ahí, desde la palabra y desde lo que hemos vivido, nace la Corporación Mujeres Libres. Una organización conformada por mujeres que hemos experimentado de manera directa lo que significa estar privadas de la libertad, y también lo que significa salir y enfrentar la vida después de la cárcel. Nosotras no llegamos a este trabajo desde la teoría, sino desde nuestras propias experiencias. Hemos vivido el encierro, el estigma, la ruptura de los lazos familiares y la mirada juzgadora de una sociedad que muchas veces no escucha ni perdona. Pero también hemos encontrado la fuerza de organizarnos, de encontrarnos entre nosotras, de transformar el dolor en fuerza, en propuestas y lucha colectiva.


Mujeres Libres nace en Colombia como una respuesta a la ausencia de políticas reales para las mujeres en prisión y a quienes salen de ella. Nuestro trabajo se sostiene desde el acompañamiento, la formación, la incidencia y la memoria. Somos mujeres que defendemos los derechos de otras mujeres. Caminamos junto a quienes aún están privadas de la libertad, de quienes han salido, y junto a sus familias. Realizamos talleres, acompañamos procesos luego de la prisión, tejemos redes de apoyo y alzamos la voz en esos lugares donde solo hay silencio. Nuestra fuerza está en nuestras historias, en nuestra dignidad y en la certeza de que no somos lo que otros han dicho que somos.


Sabemos lo que significa que nos nombren sin conocernos. Sabemos lo que es cargar con palabras que no elegimos, palabras impuestas que nos reducen, que nos marcan y nos estigmatizan. Por eso hemos decidido mirar de frente esas palabras, cuestionarlas y desmontarlas. Porque si alguna vez sirvieron para condenarnos, hoy son también la herramienta que usamos para liberarnos.

 

La palabra que hiere

Pero no basta con reconocer el poder de la palabra ni con encarnarla. También necesitamos preguntarnos cómo se ha usado en nuestra contra. Porque cuando el lenguaje se vuelve costumbre, cuando las palabras se repiten sin pensar en lo que provocan, pueden volverse cadenas invisibles y la sociedad repite términos que nos señalan, nos reducen y nos duelen.


Por eso necesitamos detenernos aquí, en ese otro lugar donde la palabra no nombra, sino que hiere. Donde el lenguaje no construye puentes, sino levanta muros. Hablamos de esas palabras que se dicen sin pensar, pero que se sienten y causan dolor. Palabras que nos impusieron, que no hablan de quienes somos, pero que se repiten una y otra vez hasta volverse parte del paisaje del castigo. Palabras que se normalizan y que esconden la violencia en   la forma de nombrarnos. Porque el discurso también puede ser un castigo, una extensión de la condena, un obstáculo más que se interpone en nuestro camino para avanzar.


Hoy alzamos la voz frente al uso de esos términos que, aunque muchas veces se consideran “técnicos” o propios del lenguaje jurídico, en la vida cotidiana refuerzan la exclusión y la deshumanización. Son palabras que, cuando se usan para nombrarnos, resultan ser estigmatizantes, reductoras y ofensivas. Aunque aparezcan en contextos legales o institucionales, como en sentencias, informes, medios de comunicación o registros administrativos, dejan claro que el lenguaje no es nunca neutro, siempre nombra desde un lugar, desde una mirada, y desde el prejuicio.


Esas palabras nos cargan con un peso enorme. Son etiquetas impuestas que reducen todo lo que somos a un solo momento de nuestras vidas. A una falta. A un castigo.


  • Son impuestas, porque no la elegimos nosotras. Es una identidad que viene desde afuera, desde las instituciones, los medios, los discursos judiciales o la opinión pública. No nace de nuestras experiencias ni de nuestra manera de entendernos como personas.

  • Nos reducen, porque invisibilizan todas nuestras otras dimensiones. Somos mujeres con historias, con emociones, con sueños, con saberes, con vínculos, con trayectorias marcadas la mayoría de las veces por la pobreza, la exclusión o la violencia.


Esas palabras impuestas nos reducen a un error, a una falta, a un delito, a un momento de nuestras vidas y con eso niegan todo lo demás que somos. Y somos muchísimo más que una etiqueta o un expediente judicial. Somos madres que luchamos por recuperar la relación con nuestras hijas e hijos, por volver a ser parte de sus vidas. Somos hijas y hermanas que buscamos reconstruir los vínculos familiares que se fracturaron durante el encierro. Somos amigas que aprendimos a sostenernos unas a otras. Somos trabajadoras, la mayoría informales o precarizadas, que buscamos con dignidad nuestro sustento y el de nuestras familias.


También somos cuidadoras, lideresas, artistas, tejedoras de comunidad, defensoras de derechos y de la dignidad. Nuestra historia no empieza ni termina en la prisión. La prisión fue una experiencia dura, injusta, que atravesó nuestras vidas, pero no nos define. Resistimos allí dentro, y ahora seguimos resistiendo fuera.


Palabras como “reclusas,” “presas,” “delincuentes,” “criminales,” “convictas,” “exconvictas,” “exreclusas,” “exdelincuentes” y otras similares, nos encasillan en el hecho por el cual fuimos judicializadas, desconociendo nuestras historias, nuestros contextos y los procesos que hemos emprendido para seguir adelante. Son términos que cargan una larga historia de estigmatización arraigada en los discursos punitivos, sociales y mediáticos. Nos etiquetan únicamente desde la falta o desde el castigo, y así perpetúan la deshumanización, negando nuestras trayectorias de vida, nuestras condiciones de vulnerabilidad, nuestras resistencias y nuestras luchas por reconstruirnos en libertad. De esa manera, también nos impiden seguir con nuestras vidas, afectando las posibilidades de acceder a nuestros derechos y a reconstruir nuestras vidas.


Como lo expresa nuestra amiga y compañera Katty Boudin en el video: Humanización del lenguaje por Kathy Boudin para Mujeres Libres[1], “Nosotras no somos exconvictas, somos mujeres que resistimos [...] esas palabras nos arrebatan el nombre, la historia, el rostro [...] no soy una exconvicta, soy una mujer que luchó por sobrevivir”. Y en esas palabras nos reconocemos todas. Porque no se trata solo del término en sí, sino del lugar simbólico desde donde se nos nombra, un lugar asociado a la falta, a la desviación, al castigo.


Cuando se usan estas palabras, el lenguaje no describe simplemente una situación jurídica, construye una narrativa que nos encierra en el delito, borrando nuestras historias personales, nuestras condiciones de vulnerabilidad, nuestras resistencias y nuestra humanidad. Son palabras que, al usarse sin ninguna reflexión, refuerzan una mirada punitiva que nos condena más allá del tiempo de la condena misma, extendiendo la pena a todos los aspectos de la vida, el acceso al trabajo, a la educación, a la salud, a la vivienda, a la participación social, e incluso a nuestras relaciones afectivas y familiares.


Al repetir estas formas de nombrarnos, la etiqueta nos sigue persiguiendo incluso después de haber recuperado la libertad. Ocurre, por ejemplo, en los formularios de contratación, en las bases de datos judiciales o en los discursos institucionales que hablan de “exconvictos” o “delincuentes rehabilitados”. Al usar esos términos, se refuerza la idea de que nuestra identidad está definida para siempre por un hecho del pasado. Esto no solo vulnera nuestro derecho al buen nombre y a la intimidad, sino que también perpetúa la exclusión social.


A esto se suma el uso reiterado de términos como “rehabilitación” o “personas rehabilitadas”, palabras que también nos resultan problemáticas. Rehabilitar supone que hay algo dañado, enfermo o defectuoso que debe ser corregido, como si nuestros cuerpos, nuestras mentes o nuestras vidas necesitaran ser “arregladas”. Pero no estamos enfermas. No somos un órgano lesionado ni una pieza rota del sistema. No necesitamos ejercicios para aprender a ser personas.


Este lenguaje traslada el castigo al terreno de lo médico y lo moral, como si el problema estuviera en nosotras y no en las condiciones sociales, económicas, políticas y de violencia que atravesaron nuestras vidas. Hablar de “rehabilitación” desplaza la responsabilidad del Estado y de la sociedad, y refuerza la idea de que debemos demostrar constantemente que somos dignas de derechos, de oportunidades y de confianza.


Algo similar ocurre con el uso de la palabra “internas”. ¿Internas de dónde? Ese término, tomado del lenguaje hospitalario o institucional, vuelve a despojarnos de nombre, de historia y de agencia. Nos convierte en cuerpos contenidos, administrados, encerrados, sin identidad propia. No somos “internas” como si habitáramos un lugar ajeno a la sociedad. Somos mujeres privadas de la libertad por decisiones judiciales, políticas y sociales, no pacientes ni sujetos pasivos bajo custodia permanente.


Estas palabras nombran desde una lógica que nos infantiliza, nos patologiza o nos reduce a objetos de control. Son parte de un mismo entramado simbólico que busca normalizarnos, corregirnos o adaptarnos, en lugar de reconocer nuestras capacidades, nuestras decisiones, nuestras resistencias y nuestro derecho a reconstruir la vida en libertad, sin etiquetas que nos sigan marcando.


Como han señalado diferentes organismos internacionales de derechos humanos, entre ellos, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), el lenguaje que utilizan las instituciones del Estado debe estar alineado con los principios de dignidad, igualdad y no discriminación.  La CIDH también ha señalado que los Estados deben adoptar medidas específicas para garantizar la inclusión social de las personas que salen del sistema penitenciario, con un enfoque diferencial y de género, reconociendo que las mujeres enfrentamos obstáculos particulares en este proceso[2].


Además, la CIDH, en su informe “Mujeres privadas de libertad en las Américas” (2023)[3], ha llamado la atención sobre el impacto desproporcionado del encarcelamiento en nosotras las mujeres, especialmente aquellas que viven en condiciones de pobreza, que son jefas de hogar o que cargan con la responsabilidad del cuidado sus hijos e hijas. En ese informe se insiste en la necesidad de adoptar medidas que garanticen la no repetición, y estamos seguras que una de ellas es enfrentar y desmontar los estigmas que recaen sobre nosotras después del encierro. El lenguaje es una herramienta muy importante para avanzar en ese cambio.


La Organización de las Naciones Unidas (ONU), a través de las Reglas de Bangkok (Reglas de las Naciones Unidas para el Tratamiento de las Mujeres “Reclusas” y Medidas no Privativas de la Libertad para las Mujeres “Delincuentes”), ha señalado que toda política, acción o relación con las mujeres privadas de la libertad debe basarse en el respeto por la dignidad humana y la no discriminación. Estas reglas, adoptadas en 2010, parten del reconocimiento de que las mujeres tenemos experiencias y necesidades específicas, y de que el sistema de justicia debe respondernos sin reproducir desigualdades ni estigmas.


Aunque no existe un artículo que hable de manera literal del “uso de un lenguaje no estigmatizante”, su espíritu y los principios de estas reglas lo dejan claro, la manera en que se nombra a una persona también es una forma de trato. Nombrar con respeto es reconocer la humanidad y la historia detrás de cada mujer. En este sentido, estas reglas inspiran un llamado a los Estados, a las instituciones y a la sociedad en general a hablar y actuar desde el reconocimiento, la dignidad y los derechos, evitando cualquier forma de lenguaje que reduzca, hiera o excluya. Esto no es un detalle menor, la manera en que se nos nombra tiene efectos reales en nuestras vidas, en nuestras oportunidades y nuestras posibilidades de reconstruirnos como sujetas plenas de derechos.


Sin embargo, también sentimos la necesidad de decirlo con franqueza, las mismas Reglas de Bangkok, a pesar de su enorme valor, también reproducen parte del estigma que buscan transformar. A lo largo de todo el documento, se utilizan palabras como “reclusas” o “delincuentes” para referirse a las mujeres privadas de la libertad. Y aunque entendemos que ese término se enmarca en un lenguaje jurídico, técnico y también cultural, cada vez que se repiten nos devuelve al lugar del encierro, a una etiqueta que no elegimos y que, en muchos casos, se nos sigue imponiendo incluso después de haber recuperado la libertad.


Esta no es una situación exclusiva de las Reglas de Bangkok. Otros instrumentos internacionales de derechos humanos, guías técnicas, informes y recomendaciones producidos por organismos internacionales continúan utilizando de manera reiterada términos como “reclusas”, “internas” o “delincuentes” para referirse a las mujeres privadas de la libertad o quienes salimos. Aunque estos documentos tienen un enorme valor normativo y político, y han sido fundamentales para visibilizar nuestras condiciones y exigir garantías, el lenguaje que emplean sigue anclado en una lógica institucional que nos nombra desde el encierro y el control, y no desde nuestra humanidad, insistiendo en definirnos exclusivamente por la privación de la libertad o por el delito, reforzando una identidad impuesta que invisibiliza nuestras historias, nuestros contextos y nuestras resistencias.


Cuando estos términos se repiten en documentos internacionales, se legitiman y se reproducen a nivel nacional, institucional y social. Se filtran en leyes, políticas públicas, sentencias, programas y discursos oficiales, y terminan consolidando una mirada que normaliza la estigmatización. Por eso consideramos indispensable que el debate sobre el lenguaje no se limite al ámbito local o cultural, sino que atraviese también los marcos internacionales que orientan las políticas penitenciarias y postpenitenciarias. Un enfoque real de derechos humanos y de género debe revisar críticamente no solo las prácticas que regula, sino también las palabras con las que nombra a quienes dice proteger.


Sabemos que los cambios en el lenguaje institucional toman tiempo, pero también sabemos, porque lo vivimos, que las palabras moldean las realidades. Cuando un instrumento internacional habla de “reclusas” o “delincuentes”, sin buscar una forma más humana de nombrar, está reforzando esa misma mirada que reduce nuestra existencia al castigo. Nosotras creemos que un verdadero enfoque de derechos y de género no solo debe transformar las prácticas, sino también las palabras con las cuales se piensa y se escribe la política pública. Porque si el lenguaje no cambia, el cambio queda incompleto.

Porque esas palabras refuerzan la idea de que somos solo el error. Nos separan de nuestras historias, de nuestros contextos, de lo que vivimos antes, de lo que sobrevivimos durante, y de lo que seguimos luchando después de salir. Nos hacen sentir como si la condena siguiera viva, aunque ya estemos afuera. Esas palabras nos persiguen, aparecen en bases de datos, en formularios, en discursos que siguen hablando de “exconvictas”, como si tuviéramos que demostrar algo todo el tiempo, como si tuviéramos que pedir permiso para existir. Como si no tuviéramos derecho a reconstruir nuestras vidas, a buscar trabajo, a estudiar, a estar con nuestras familias, a seguir adelante.

 

Palabras que intentan liberar

Cambiar el lenguaje no es solo buscar otras palabras, es cambiar la mirada que nos sostiene, es afirmar nuestra humanidad, recuperar nuestra voz y reclamar el derecho a escribir nuevas historias en libertad. Queremos dejar claro que esto no es solo una cuestión de buscar “palabras bonitas”. Nombrarnos ha sido parte del camino para sanar, para reconocernos, para dejar de cargar con palabras que nunca elegimos. Sabemos que transformar el lenguaje no borra las heridas, pero sí abre posibilidades, permite imaginar otros futuros, otras formas de justicia, otros vínculos posibles entre nosotras y con la sociedad.


Cambiar el lenguaje es también cambiar la mirada, abrir caminos, reconocer trayectorias y sanar las heridas que deja la estigmatización. Por eso insistimos, somos mujeres. Somos sujetas de derechos. Somos sobrevivientes. Somos mujeres libres.


Desde nuestra experiencia y desde nuestro trabajo colectivo, proponemos dejar atrás esas etiquetas y avanzar hacia un lenguaje que reconozca la dignidad, la humanidad y los procesos que vivimos las mujeres antes, durante y después del encierro. Apostamos por un lenguaje que hable con nosotras y no sobre nosotras, un lenguaje que refleje la complejidad de nuestras trayectorias. Porque no son solo palabras, cambiar cómo nos nombran también transforma cómo nos miran y cómo nos miramos.


Cuando decimos “mujeres privadas de la libertad”, estamos recordando que, aunque esa privación de la libertad no es lo único que vivimos, es una forma más respetuosa de nombrar una situación temporal, no una identidad. No nacimos para ser llamadas así, pero si debemos nombrar esa etapa, que sea de manera que reconozca que fue una condición pasajera, no algo que nos define para siempre.


Decir “mujeres en prisión” es reconocer una realidad, pero no una identidad. Permite hablar de lo que vivimos sin ocultarlo, pero también sin quedarnos atrapadas ahí. Esta expresión nos permite visibilizar lo que ocurre dentro de esos muros, las vulneraciones, las resistencias. La vida que persiste incluso en medio del encierro. Pero también sabemos que “la prisión” no nos define, estuvimos o algunas aún están en ese lugar, pero somos mucho más que eso. Somos mujeres con historia, con nombre, con vínculos y con derechos. Por eso cuando decimos “mujeres en prisión”, lo hacemos desde la dignidad, no desde la condena.


Hablar de “mujeres que han estado en prisión” nos permite hablar del pasado sin quedarnos atrapadas en él. Reconoce que vivimos una experiencia dura, pero no nos reduce a esa vivencia.  Ayuda a reconocer la historia sin quedar marcadas por ella. Nos permite contar lo que pasó, lo que aprendimos o no, y también cómo seguimos adelante.


Muchas de nosotras elegimos decir “exprivadas de la libertad”. Sí, suena raro, pero lo decimos con toda la intención. Lo hacemos porque queremos alejarnos de esas palabras que pesan como cadenas, “exconvicta”, “exreclusa”, “exdelincuente”. Al decir exprivada, afirmamos que esa fue una etapa que ya pasó, que sí, estuvimos privadas de la libertad, pero no perdimos nuestro valor, ni nuestra dignidad, ni nuestros derechos. No somos “exmujeres”, ni “expersonas”. Somos nosotras, con una historia que sigue viva, con una lucha, con un presente y con un futuro que nos pertenece.


Nombrarnos como “mujeres anteriormente encarceladas” puede sonar formal, pero también abre un espacio para reconocer que hubo una experiencia de encierro sin quedar definidas por ella. Es una manera de decir que hubo un antes, un durante y un después, y que hoy caminamos fuera de esas rejas. Esta expresión permite hablar de las consecuencias del encarcelamiento sin mantenernos atadas al castigo, recordando que el encierro fue una etapa, no el centro de quiénes somos.


A veces preferimos decir “mujeres con experiencia vivida en prisión”, porque sí, pasamos por eso. Es parte de nuestra historia, y no lo negamos. Pero queremos contarlo desde otro lugar, no desde la culpa o el castigo, sino desde lo que esa experiencia nos dejó, desde la fuerza que tuvimos para sobrevivir.


Algunas personas, instituciones u organizaciones, nos llaman “mujeres en proceso de reinserción” o “reintegración” dicen que, “nos estamos reinsertando a la sociedad”, y entendemos de dónde viene, puesto que salir de prisión no significa que todo esté resuelto. Afuera nos esperan barreras como el prejuicio y la falta de oportunidades. Sin embargo, hablar de “reinserción social” o “reintegración” supone que la prisión nos dejó por fuera de la sociedad, y eso no es cierto. Nunca estuvimos fuera. La cárcel es una construcción social, creada por el Estado y sostenida por decisiones políticas y culturales. Lo que se rompe no es el vínculo con la sociedad, sino la forma en que la sociedad nos mira, nos aísla, nos borra, nos estigmatiza. Por eso no hablamos de reinserción social ni de reintegración. No tenemos que volver a un lugar del que nunca salimos; hablamos de reconstruir relaciones, de transformar las condiciones que generan exclusión y de exigir que la sociedad asuma su responsabilidad en ese proceso.


Y al final, muchas de nosotras nos reconocemos como mujeres sobrevivientes al sistema. Porque no solo sobrevivimos a la prisión, sino también a la pobreza, al abandono, al dolor de la separación de nuestras familias, a la indiferencia social. Sobrevivimos a muchas formas de quebrarnos, y aun así seguimos aquí, de pie, nombrándonos desde la vida, desde la esperanza, desde la dignidad.


Estas expresiones nos permiten hablar de nosotras desde un lugar más amplio, más respetuoso y más fiel a lo que realmente somos. Cambiar las palabras no es un simple ajuste de forma, es un acto profundamente político. Por eso seguimos hablando, escribiendo, creando y caminando juntas. Porque cada vez que una mujer toma la palabra, se rompe el silencio. Y cada vez que una de nosotras es escuchada sin juicio, el mundo se vuelve, aunque sea un poco, un lugar más libre.


Por eso, nuestro llamado no es solo a aplicar las Reglas de Bangkok u otros instrumentos internacionales, regionales y nacionales, sino a ir más allá de lo que está escrito, a leer esos documentos desde la vida real de las mujeres que están o hemos pasado por la prisión. A reconocer que el respeto y la dignidad empiezan por la forma en que se nos nombra. Cambiar las palabras no es un simple gesto simbólico, es abrir espacio para otras historias puedan existir, para que otros futuros sean posibles.


Hoy decimos con claridad que somos mujeres que pensamos, que sentimos, que soñamos y que transformamos. Y mientras existan cadenas, sean de acero o de estigma, sean muros de concreto o prejuicio, seguiremos buscando la manera de desmontarlas, de enfrentarlas y superarlas para vivir en libertad. Porque el lenguaje también puede seguir encerrándonos aun cuando ya estamos fuera, cuando insiste en tratarnos como culpables eternas, como si la condena nunca terminara.


Pero no lo somos.

Porque tenemos nombre, historia, rostro y futuro.Y no nos define un delito. Nos define nuestra fuerza.Porque nuestra palabra también es libertad.



Referencias

[1] Corporación Mujeres Libres, Humanización del lenguaje, testimonio de Kathy Boudin (Video), Bogotá, 2024. Ver en: https://www.youtube.com/watch?v=ObpX9YcVH6I

[2] Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH). (2019). Principios y Buenas Prácticas sobre la Protección de las Personas Privadas de Libertad en las Américas.

[3] Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) (2023). Informe Mujeres privadas de la libertad en las Américas. Ver en:



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